1925-2007

Domingo Onofrio pintor

Prestigiosos escritores y críticos
de arte comentaron su obra en artículos periodísticos, libros y catálogos de exposiciones.

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Símbolos e itinerarios

En la pintura contemporánea argentina el tema, o la motivación del cuadro, como quiera asignarse al compromiso del artista en su relación con la realidad, ha estado en estas últimas décadas más asociado a la fluctuación teórica de las escuelas -o de las modas- que a la verdadera intencionalidad del artista. Intención válida ésta, ya que responde a las auténticas intuiciones y laberintos de la imaginación creativa.
Aquí es donde comienza mi concordancia con la obra de Domingo Onofrio, pintor al que ineludiblemente acudimos cuando se menciona la palabra imaginación. Porque ésa es la llave para introducirnos en su visión plástica, ese mundo rico en símbolos y en itinerarios donde lo fantástico es un hilo sutil a través del cual el artista elabora su discurso a veces metafísico, otras onírico, siempre cargado de sugestivas imágenes.
Si bien Onofrio participa de la figuración, no podemos rotularlo con características surreales o de otros vanguardismos que agotan rápidamente sus fuentes más o menos racionales. Formado entre nombres como Pettoruti o Policastro, supo entender los mensajes formales y humanos que recorren inexorablemente nuestro arte. De allí sus sólidas construcciones, su habilidad colorística, su ductilidad exploratoria para combinar elementos geométricos, paisajes, figuras, con un clima propicio para escudriñar en él la resolución del misterio.
Ese misterio que entraña la expresión misma fijada en el cuadro y que el pintor va desplegando guiado por una inducción interna que vibra en cada fragmento de la tela. Por eso Domingo Onofrio puede encontrar en esos cercanos parajes del parque Avellaneda, sus personajes, sus arboledas, sus retazos de alumbrado como extraños monolitos, sus fantasmas, las luces y sombras de un territorio que le es propio porque forma parte de sus temores, sus asombros, su amor por las cosas sensibles e insondables en su plenitud. No es extraño entonces que en sus naturalezas muertas o en los paisajes con figuras casi espectrales o en esas calles suburbanas, encontremos el mismo indicio comunicativo.
Quizás en su etapa más reciente, el pintor vuelve a retomar ideas y propuestas de anteriores períodos, como la manera de iniciar un recorrido que resume la ambición de un proyecto plástico, porque eso es la síntesis de la trayectoria de cualquier artista, un anhelo de reflejar la intensidad y transparencia de un lenguaje. ¿Qué otra ilusión es la vivencia del arte? Un signo cabal y elocuente de la lucidez interpretativa de los seres y las cosas, de la vida y de la muerte.
Allí, en esos climas, esos cuadros a veces tímidos, enigmáticos o cifrados en una ecuación poética, Domingo Onofrio nos habla plásticamente de su cosmos y de su tránsito profundo y genuino por los infinitos senderos de la dimensión humana.


Raúl Vera Ocampo; Catálogo retrospectiva Consejo Deliberante, marzo de 1991

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